“HEROÍNAS” artículo de Manuel Ollero Baturone, Jefe de Servicio de Medicina Interna del Hospital Virgen del Rocío en estos tiempos del #covid-19
Por Escuela de Pacientes - 8:24
Hoy, al volver
a casa desde una de esas residencias donde se libra una de las batallas más
importante contra el COVID-19, he sentido la necesidad de coger la pluma para
rendir homenaje a las “Heroínas” de esta guerra. Hay dos cosas que diferencian
está Gran Guerra del siglo XXI con las del siglo XX, que la mayoría del ejército
que libra la batalla en primera línea son mujeres y que casi todas las víctimas
son civiles y precisamente los más frágiles, aquellos a los que más obligados
estamos de proteger.
Como todo niño
de la generación de los baby boomers me eduqué con una autentica sobredosis de
hazañas bélicas. En esas películas militaristas podíamos comprobar que el valor
y la heroicidad era una cualidad testosterónica solo al alcance de los galanes
americanos con sus uniformes y su bandera de barras y estrellas. Cada día
cuando las cámaras enfocan a las ocho de la tarde las puertas de nuestros
hospitales vemos, lo que ya sabíamos, las profesiones sanitarias se han
feminizado de forma llamativa. Esta mañana de jueves santo de 2020 miré a mi
alrededor y vi a dos internistas y dos médicas de familia que pasaban sala
conjuntamente, dos epidemiólogas que acompañaban a la enfermera del Centro de
Salud revisando los circuitos de protección de los pacientes, en las plantas
las auxiliares y las enfermeras se desplegaban impartiendo cuidados. Todas
hacía gala de un inigualable entusiasmo. Era evidente que estaban allí orgullosas
de estar dando lo mejor de sí mismas en esta batalla. Detrás de todo aquello había algo que no sabía
describir. Intentaba descubrir que era
cuando de repente se me vino a la cabeza una palabra, “Sororidad”, ese
sentimiento que describe la complicidad de las mujeres cuando trabajan conjuntamente.
Siempre he
sido un firme defensor de los principios del profesionalismo como código ético
que transciende el vínculo laboral, pero en esta ocasión el espíritu que veo en
las mujeres y los hombres que me rodean supera estos límites. Veo en mis compañeras un
espíritu de entrega que nunca antes había visto. Los mensajes de ánimo y los
emoticonos de lucha que circulan por los wasaps de los equipos son algo
desconocido hasta ahora. La situación no es fácil. Cuando rascas un poco
descubres que detrás de esa camaradería y ese entusiasmo subyacen fuertes
tensiones. Veo a esa compañera que sabe
que con su enfermedad está especialmente expuesta, a esa madre que ha tenido que
marcharse de casa porque vive una situación de riesgo y busca como apañársela
para estar cerca de sus cuatro hijos, a esa otra que supera el miedo a poder
llevar el virus a sus pequeños o a la que cuida a su madre anciana muy frágil. Con
frecuencia olvidamos el esfuerzo de superación que hay detrás de cada una de
estas mujeres que dan un paso al frente. Esta energía es la que ha cambiado
nuestra sociedad. No se trata de una implicación emocional, sino el coraje
profesional de quienes, tras años de formación y compromiso quieren hacer
efectivo el derecho de nuestros mayores a una Sanidad Publica de excelencia.
Por primera
vez quienes estamos librando esta batalla sentimos el calor del reconocimiento
de toda la sociedad. Sin embargo, esta mirada y este reconocimiento se centra
demasiado en los hospitales. Las cámaras ignoran el inmenso papel que está
haciendo la Atención Primaria conteniendo la epidemia donde tiene que estar, en
casa. Muy pocos caen en la cuenta de que sin el trabajo de los médicos y
enfermeras de familia el sistema sanitario habría colapsado completamente hace
tiempo. Junto a estos profesionales de la Atención Primaria los grandes
olvidados son las trabajadoras de las residencias. Muchas de estas mujeres,
desde que se ha puesto el foco en las residencias, en lugar de sentirse
respaldadas se sientes acusadas y acosadas trabajando en un entorno de
desconfianza.
La mirada a
las residencias debiera ir más allá de la crónica negra que enumera las bajas. Rápidamente
los justicieros buscan culpables y todo el acento se pone en la exigencia de
responsabilidades. Es inevitable tener presente que detrás del mundo de las
residencias conviven intereses y emociones muy complejas. Es un territorio donde existen fuertes
intereses comerciales de potentes fondos y corporaciones junto a instituciones
que históricamente han sabido canalizar el espíritu solidario de nuestro pueblo.
Pero, por encima de ello es un medio en
el que trabajan personas con un inmenso espíritu compasivo.
Estos días he
podido descubrir a la Directora de una residencia sentada en su despacho
escribiendo en el ordenador con el rostro lleno de lágrimas. He visto a una
médica que durante semanas había luchado sola y que al llegar la ayuda se ha permitido
el lujo de derrumbarse. He comprobado como al preguntarle a una enfermera en la
planta por como lo llevaba ponía una extraña mueca con los ojos humedecidos. Ellas
me han hecho ver que el trabajo de estas mujeres está siendo aún más duro que
el de los hospitales. El coronavirus tiene una dimensión especialmente
perversa, penetra y crece allí donde el contacto humano es más estrecho. Es
difícil encontrar un lugar en donde exista más estrecha convivencia que en las
residencias. La sonrisa rápidamente fue borrada por el recuerdo de las recientes
despedidas. La relación de estas enfermeras con nuestros mayores es de
auténtica intimidad. “Llevo diez años
conviviendo a diario con ellos” me dijo. La vida en las residencias tiene una
dinámica de familia en donde la sobrecarga emocional de estos días es
especialmente dolorosa. No son solo las
despedidas. La ética de las epidemias es una ética extremadamente compleja,
porque en ocasiones se ve obligada a sacrificar derechos inalienables. Todos
nos quedamos más tranquilos deportando a quienes se infectan en lugar de
abordar los problemas de fondo donde suceden. La convivencia con la despedida,
el aislamiento forzado, la contención obligada de unos seres queridos son
situaciones difíciles de sobrellevar que pone a prueba la entereza de quienes
tienen que tomar decisiones en el mundo real. Con frecuencia olvidamos que estos
problemas tienen que ser resueltos en el ámbito de la intimidad entre las
personas implicadas, protagonistas que no pueden ser ignorados, sus familias y los profesionales.
La manera de apoyarse
y querer participar en esta batalla de estos miles de mujeres de los hospitales,
de la Atención Primaria y de las residencias solo es comparable con la
camaradería de los soldados de una guerra. Sin embargo, a diferencia de esas
películas de guerra los valores que dominan en esta lucha no son la violencia,
la competitividad o la dominación. Estas “Heroínas” nos enseñan los valores que
tiene que perseguir la sociedad que salga de esta guerra: excelencia,
solidaridad, equidad, compasión, resiliencia y sororidad. Para surcar este camino
es necesario que no nos dejemos arrastrar por las soluciones de emergencia que
propician los guetos. Hemos de ser capaces de llevar los cuidados donde están
los que más lo necesitan.







